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No le pongas purpurina a la mierda

Por qué aceptar que lo difícil es difícil puede ayudarnos a atravesarlo

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Hay cosas que podemos arreglar. Si pinchamos una rueda, podemos cambiarla; si se rompe una tubería, podemos llamar a alguien para que la repare; si hemos cometido un error, quizá podamos pedir disculpas e intentar hacerlo de otra manera. Una parte importante de nuestra vida consiste precisamente en identificar problemas y buscar soluciones. Es una capacidad extraordinariamente útil y probablemente una de las razones por las que los seres humanos hemos llegado hasta aquí.

Pero la vida también contiene otra clase de acontecimientos. Hay cosas que suceden y que, por mucho que pensemos, organicemos, comprendamos o nos esforcemos, no podemos deshacer. Una pérdida, una enfermedad, una ruptura, un conflicto familiar que se prolonga, una situación laboral que nos desgasta durante meses, una guerra, una migración forzada o una catástrofe natural no desaparecen porque encontremos rápidamente la interpretación adecuada. Aprender a aceptar emociones difíciles no significa dejar de buscar soluciones, sino reconocer que hay experiencias que primero necesitan ser vividas, comprendidas y atravesadas.

Desde que grabamos este episodio de Suficientemente Buenos, esta idea ha adquirido, si cabe, una dimensión todavía más concreta. En los últimos meses hemos visto terremotos devastadores en Venezuela y Colombia, incendios que han obligado a evacuar comunidades en España y grandes fuegos en Norteamérica. Para algunas personas, la vida ha cambiado en minutos: una casa deja de existir, alguien a quien querían ya no está, el paisaje conocido se transforma o toda una comunidad comienza a preguntarse cómo reconstruirse. En esos momentos hay necesidades urgentes que atender y decisiones prácticas que tomar, por supuesto, pero hay también una parte de la experiencia humana que no se repara con una solución. Hay pérdidas que necesitan ser atravesadas.

Y quizá sea precisamente ahí donde aparece una de nuestras dificultades: no solo nos cuesta vivir determinadas experiencias, sino también aceptar que esas experiencias nos afecten.

En el tercer episodio de nuestro videopodcast quisimos hablar de ello utilizando una expresión deliberadamente provocadora: no le pongas purpurina a la mierda. Puede hacernos sonreír, pero detrás de la metáfora hay una cuestión bastante seria. Si algo huele mal, podemos ponerle perfume, decorarlo o apartar la mirada. Incluso podemos convencernos durante un rato de que no huele tanto. Lo que no podemos hacer es modificar su naturaleza simplemente porque nos resulte difícil permanecer cerca de ella.

Cuando el problema ya no es solo lo que ha ocurrido

Pensemos en alguien que lleva meses soportando una situación laboral muy complicada. Puede haber presión, incertidumbre, un superior difícil, exceso de trabajo o un clima que empieza a desgastarle. Quizá al principio piensa que es una mala semana. Después se dice que todo el mundo está estresado, que al menos tiene trabajo o que otras personas se encuentran en una situación mucho peor. Nada de esto tiene por qué ser falso. El problema aparece cuando esas ideas dejan de ayudarnos a poner las cosas en perspectiva y empiezan a impedirnos reconocer lo que está ocurriendo: esto me está resultando muy difícil.

Algo parecido sucede cuando pensamos que, porque una decisión fue nuestra, hemos perdido el derecho a sufrir sus consecuencias. Elegí esta profesión, así que no debería quejarme. Decidí tener hijos, por lo que no debería resultarme agotador. Quise emigrar, de modo que no tendría derecho a echar de menos mi vida anterior. Fui yo quien terminó la relación, así que no debería dolerme. En apariencia son argumentos lógicos. Sin embargo, mezclan dos cuestiones distintas: haber elegido algo y ser vulnerable a lo que ocurre después de elegirlo.

Aquí aparece lo que en la conversación llamábamos una segunda capa de sufrimiento. La primera tiene que ver con el acontecimiento: estoy triste porque he perdido algo importante, tengo miedo porque mi situación es incierta, estoy agotada porque llevo demasiado tiempo soportando una carga excesiva. La segunda aparece cuando empiezo a juzgar esa reacción. Si estoy triste, quizá pienso que soy débil; si estoy enfadada, que estoy siendo injusta; si necesito apoyo, que debería ser capaz de solucionarlo sola. El problema deja entonces de ser únicamente aquello que me ocurre y empieza a ser también mi propia humanidad.

Esta diferencia no es menor. La investigación sobre aceptación emocional ha encontrado que las personas que tienden a aceptar sus pensamientos y emociones desagradables sin juzgarlos presentan, en términos generales, mejores indicadores de bienestar psicológico. Una de las explicaciones propuestas es precisamente que el juicio sobre nuestra experiencia interna puede añadir malestar al que ya estaba presente. Aceptar una emoción no significa disfrutarla ni querer conservarla. Significa que, si está ahí, no necesitamos convertir además su existencia en una batalla.

Las muchas formas de poner purpurina

No existe en psicología una «estructura de poner purpurina». La expresión nos sirve como metáfora para reunir estrategias diferentes que pueden compartir una función: ayudarnos a tomar distancia de una experiencia que resulta demasiado incómoda.

Una de ellas es racionalizar. Durante el episodio, Jorge lo describió con una imagen que me parece especialmente clara: convertir lo que nos ocurre en un problema de matemáticas. Analizamos variables, buscamos explicaciones, repasamos posibles causas y seguimos pensando hasta construir un sistema aparentemente ordenado. Mientras resolvemos el problema intelectual quizá conseguimos algo más: no tener que detenernos demasiado en cómo nos sentimos.

Marta reconocía una versión parecida en sí misma. Cuando algo duele, aparece la necesidad de comprender: ¿por qué me está pasando?, ¿por qué me afecta?, ¿de dónde viene? Entender puede ser tremendamente útil. De hecho, una parte fundamental de la terapia consiste en construir comprensión y coherencia. Pero incluso una herramienta tan valiosa puede utilizarse para funciones diferentes. Podemos intentar comprender para acercarnos a nuestra experiencia o podemos necesitar comprender antes de permitirnos tenerla.

A veces quizá tengamos que invertir el orden. Primero reconocer que algo duele y después, cuando podamos, intentar comprender por qué. No siempre necesitamos disponer inmediatamente de una teoría sobre nosotros mismos.

También podemos buscar culpables. Cuando ocurre algo difícil, encontrar rápidamente a alguien responsable produce una peculiar sensación de orden. Si ya sabemos quién tiene la culpa, parece que sabemos también qué ha sucedido. Pero localizar al responsable (incluso cuando realmente existe una responsabilidad) no elimina necesariamente el dolor ni resuelve sus consecuencias. En ocasiones, la búsqueda del culpable cumple además otra función: nos permite permanecer en la explicación y no en la experiencia.

Y podemos, por supuesto, buscar soluciones. Jorge contaba en el episodio que esta es una de sus propias tendencias: no solo alejarse del sufrimiento buscando una respuesta, sino experimentar además la satisfacción de haber encontrado cómo resolver el problema. La estrategia tiene un doble premio. Nos alejamos de lo desagradable y, al mismo tiempo, recuperamos la sensación de eficacia.

Nada de esto convierte la racionalización, la búsqueda de explicaciones o la resolución de problemas en estrategias negativas. La investigación contemporánea sobre regulación emocional insiste cada vez más en la importancia de la flexibilidad: una misma estrategia puede resultar útil en un contexto y poco útil en otro. Quizá, por tanto, la pregunta interesante no sea «¿racionalizar está mal?» sino algo bastante más complejo: ¿qué función está cumpliendo ahora mismo mi necesidad de comprender, solucionar, relativizar o mirar hacia otro lado?

No todo sufrimiento necesita convertirse rápidamente en crecimiento

Hay otra forma de purpurina especialmente atractiva porque goza de muy buena reputación: encontrar cuanto antes el aprendizaje. Ante una experiencia difícil podemos escuchar que todo pasa por algo, que aquello nos hará más fuertes o que debemos buscar su lado positivo. Incluso en redes sociales abundan las invitaciones a convertir inmediatamente una debilidad en fortaleza.

Quizá algún día ocurra. Las personas somos capaces de construir significado después de experiencias extraordinariamente difíciles y, en ocasiones, incluso de reorganizar nuestra vida a partir de ellas. Pero que algo pueda transformarnos no obliga a que tengamos que identificar esa transformación mientras todavía estamos intentando comprender qué ha sucedido.

Una persona que acaba de perder su casa en un incendio no necesita necesariamente que le expliquemos qué puede aprender de ello. Alguien que ha perdido a un ser querido no tiene por qué descubrir todavía cómo esa experiencia le hará crecer. Una comunidad destruida por un terremoto necesita rescate, vivienda, recursos, tiempo, vínculos y reconstrucción; convertir demasiado pronto la tragedia en una narración inspiradora puede ser otra manera de apartarnos de aquello que resulta insoportable mirar.

Puede llegar el aprendizaje, o aparecer un nuevo sentido. Pero quizá tengamos que permitir que llegue cuando pueda llegar, en lugar de utilizarlo como requisito para tolerar que algo terrible haya sucedido.

Aceptar una realidad no significa resignarse a ella

Esta es probablemente una de las confusiones más importantes. Si decimos que necesitamos aceptar lo que ocurre, alguien podría entender que proponemos soportar pasivamente situaciones que pueden cambiarse. No es eso.

Aceptar una situación injusta no significa considerarla justa, del mismo modo que reconocer que una relación nos está haciendo daño no implica permanecer en ella. Tampoco supone dejar de buscar tratamiento ante una enfermedad ni renunciar a cambiar las condiciones que nos han llevado al agotamiento. En realidad, muchas veces reconocer con suficiente claridad la realidad es precisamente lo que permite empezar a actuar sobre ella.

Aceptar comienza en otro lugar: esto está sucediendo y está teniendo este impacto en mí. Solo después podremos preguntarnos qué parte podemos modificar, qué límite necesitamos poner, qué conversación debemos tener, qué ayuda podemos pedir o qué decisión queremos tomar.

Hay también circunstancias en las que la distinción resulta todavía más evidente porque aquello que ha sucedido ya no puede cambiarse. Podemos reconstruir una vivienda, pero no hacer que el incendio no haya ocurrido. Después de una pérdida podemos construir una nueva vida, aunque no podamos volver atrás y evitar lo sucedido. Y podemos acompañar un duelo, pero no «resolver» la muerte.

En uno de los momentos del episodio, Jorge utilizó la imagen de un tirachinas. Podemos ignorar cada pequeño tirón de la goma, comportarnos como si nada nos molestara y seguir adelante. Quizá funcione muchas veces. El problema es que la tensión no necesariamente desaparece porque dejemos de mirarla. Y un día puede ocurrir algo aparentemente pequeño (la proverbial mosca) y encontrarnos reaccionando con una intensidad que no entendemos. No era solo la mosca. La goma llevaba tiempo tensándose.

Reconocer cada impacto no significa dramatizarlo. Significa registrar que algo ha ocurrido y preguntarnos qué necesitamos para recuperar cierto equilibrio.

El extraño deseo de dejar de ser humanos

En consulta aparecen con frecuencia preguntas como ¿cómo hago para que esto no me afecte?, ¿cómo dejo de sentirlo? o ¿por qué sigo triste si ya ha pasado tiempo?. Son preguntas comprensibles, sobre todo cuando una emoción se vuelve dolorosa. Pero esconden a veces una expectativa difícil de cumplir: que la terapia consiga que las cosas importantes dejen de importarnos.

Marta contaba durante el episodio que en alguna ocasión ha resumido esta expectativa a una paciente de una forma muy directa: «es que tú no quieres ser humana». No lo decía como una crítica, sino para señalar una contradicción. Queremos poder amar profundamente sin que nos duela perder, vincularnos sin exponernos al rechazo, cuidar sin preocuparnos, tomar decisiones sin equivocarnos y vivir acontecimientos relevantes sin que nuestro cuerpo ni nuestra emoción reaccionen ante ellos.

Sin embargo, nuestra vulnerabilidad forma parte del sistema con el que nos relacionamos con el mundo. El hambre informa de una necesidad, como lo hace el frío. También el cansancio, el miedo, la tristeza o el enfado contienen información. No son órdenes que tengamos que obedecer de manera automática y tampoco son siempre una representación exacta de la realidad. Pero sí forman parte de cómo detectamos que algo está ocurriendo.

Por eso quizá haya una diferencia importante entre regular una emoción y eliminarla. Regular no consiste necesariamente en conseguir que deje de existir, sino en poder estar suficientemente organizados mientras esa emoción hace su trabajo.

Cuando la respuesta no es sostenernos solos

Aquí llegamos a un punto especialmente importante desde la teoría del apego. En los últimos años se ha popularizado mucho la idea de la autorregulación. Aprendemos técnicas para respirar, calmarnos, poner distancia o recuperar cierto equilibrio, y todas ellas pueden ser recursos muy valiosos. Pero a veces podemos convertir también la autorregulación en una nueva exigencia: tengo que ser capaz de sostener yo sola todo esto.

Los seres humanos no funcionamos únicamente así. Nuestra capacidad de regulación se desarrolla y continúa funcionando en relación con otras personas. La investigación sobre regulación social y apoyo relacional plantea precisamente que la disponibilidad de vínculos cercanos puede reducir parte del esfuerzo con el que afrontamos amenaza, estrés y dificultad. No se trata de que otra persona pueda quitar nuestro dolor, sino de que no necesitamos cargar siempre con él como si fuéramos sistemas aislados.

Esta idea adquiere una dimensión especialmente visible después de una catástrofe. Cuando un incendio destruye viviendas o un terremoto transforma una ciudad, la recuperación no es únicamente un proceso individual. Aparecen familias, vecinos, equipos de emergencia, profesionales, instituciones y comunidades que sostienen partes diferentes de una misma experiencia. Quien ha perdido algo necesita recursos materiales, pero puede necesitar también que alguien sea capaz de escuchar una y otra vez lo ocurrido, permanecer cerca, acompañar el miedo de lo que viene después o simplemente aceptar que durante un tiempo esa persona no puede funcionar igual que antes.

Algo parecido, aunque a otra escala, ocurre en nuestras crisis personales. Si estamos atravesando una ruptura, una enfermedad o un conflicto grave, quizá la pregunta no tenga que ser siempre «¿cómo puedo sostenerme?». Puede haber momentos en los que una respuesta bastante más segura sea: necesito sostén.

La incomodidad de acompañar el dolor de otra persona

Curiosamente, no solo ponemos purpurina a nuestras propias experiencias. También podemos ponerla sobre las de las personas a las que queremos.

Alguien nos cuenta que está sufriendo y casi de inmediato buscamos qué decir: intenta no pensarlo, ya verás cómo todo pasa, por lo menos…, podría haber sido peor, tienes que quedarte con lo bueno. Generalmente no existe mala intención. Al contrario. Queremos ayudar y tenemos una intencionalidad positiva muy clara: deseamos que la persona a la que queremos deje de sufrir.

Pero durante el podcast Jorge hizo una pregunta que merece ser pensada con calma: cuando necesitamos aliviar tan rápidamente al otro, ¿qué necesidad estamos intentando cubrir? Quizá sea la suya. O quizá estemos intentando resolver también nuestra propia dificultad para permanecer delante de alguien que está mal.

Ver sufrir a una persona querida puede generar miedo, impotencia, tristeza o una enorme urgencia por hacer algo. Si conseguimos que deje de llorar, que se tranquilice o que nos asegure que estará bien, también nosotros respiramos. Sin darnos cuenta, podemos acabar pidiéndole a quien sufre que deje de mostrar su dolor para que nosotros podamos tolerar mejor la situación.

Acompañar es otra cosa. No consiste en hundirnos junto a la persona, amplificar su desesperanza ni convertir el sufrimiento en el único tema posible. Consiste en ser capaces de reconocer lo que está ocurriendo sin tener que maquillarlo inmediatamente. A veces una respuesta suficientemente buena es mucho menos sofisticada de lo que pensamos: «entiendo que esto te duela», «esto está siendo muy difícil», «estoy aquí», «¿qué necesitas?».

Las organizaciones especializadas en duelo hacen una recomendación parecida: aunque resulte incómodo ver sufrir a alguien, a menudo no necesitamos encontrar las palabras que solucionen la situación; estar disponibles, escuchar y preguntar qué puede ayudar son formas relevantes de apoyo.

¿Dónde aprendimos a hacer todo esto?

Hacia el final de nuestra conversación, Jorge introdujo otra idea que amplió el foco. Cuando encontramos estas formas de alejarnos del dolor podemos buscar en nuestra historia cuándo empezaron, pero también podemos preguntarnos qué vimos hacer a quienes nos precedieron.

Gran parte de nuestro aprendizaje no llega a través de explicaciones. Observamos. Vemos cómo nuestros padres reaccionan ante una pérdida, cómo nuestros abuelos afrontan una crisis, qué ocurre en nuestra familia cuando alguien tiene miedo o qué lugar existe para la tristeza. Aprendemos qué emociones pueden mostrarse y cuáles deben guardarse, cuándo se pide ayuda y cuándo hay que «tirar para adelante».

Y conviene mirar estas historias con cierta perspectiva. Hay generaciones que atravesaron guerras, posguerras, migraciones, pobreza, enfermedad o trabajos en condiciones en las que detenerse podía tener un coste enorme. Algunas estrategias que hoy nos parecen rígidas quizá fueron extraordinariamente funcionales en otros contextos. No se trata de juzgarlas desde nuestra comodidad presente, sino de comprenderlas.

Entender de dónde viene una estrategia puede ayudarnos a respetar su intencionalidad y, al mismo tiempo, preguntarnos si sigue siendo la única opción disponible. Quizá hoy podamos hacer algo que otras generaciones tuvieron muchas menos oportunidades de hacer: detenernos, reconocer lo que nos está sucediendo y pedir ayuda antes de que la única alternativa sea continuar funcionando.

Tal vez no haya que hacer que la mierda huela a fresa

La metáfora con la que empezamos puede resultar algo irreverente, pero quizá por eso mismo funciona. Una de las grandes paradojas de la experiencia humana es que invertimos una enorme cantidad de esfuerzo en intentar conseguir que aquello que duele deje de parecer doloroso. A veces necesitamos hacerlo durante un tiempo. Las defensas también nos protegen y pueden permitirnos seguir funcionando cuando todavía no tenemos capacidad para procesar lo que ocurre.

El problema no es tener defensas. El problema aparece cuando ya no podemos elegir otra cosa.

Entonces quizá podamos empezar a hacer algo diferente. Reconocer que lo que ocurre es real y que tiene sentido que nos afecte; distinguir entre aquello que podemos cambiar y aquello que no podemos deshacer; permitir que una emoción nos informe sin tener que obedecerla ni expulsarla; y buscar apoyo cuando la carga supera aquello que podemos sostener solos.

La vida contiene experiencias maravillosas y también contiene pérdidas, injusticias, decepciones y catástrofes. No podemos construir una salud mental basada en la promesa de que, si hacemos las cosas correctamente, nada de eso nos afectará.

Quizá podamos aspirar a algo más humano: que cuando lo difícil llegue, podamos reconocer que es difícil; que no tengamos que avergonzarnos porque duela y que podamos encontrar, dentro y fuera de nosotros, las manos necesarias para atravesarlo.

Porque algunas cosas no necesitan purpurina. Necesitan tiempo, verdad, cuidado y compañía.

Suficientemente Buenos: episodio 3

En este episodio de Suficientemente Buenos, Arwen Caban conversa con Marta Campos y Jorge Martín-Forero, psicólogos del equipo de Terapia Caban Online, sobre las diferentes formas en las que intentamos alejarnos del dolor, la diferencia entre aceptación y resignación y el papel de la relación cuando atravesamos momentos difíciles.

Reconocer cuándo necesitamos apoyo

Cuando puede ayudar la terapia

No todas las experiencias dolorosas necesitan convertirse en un proceso terapéutico. Podemos atravesar muchas dificultades con nuestros propios recursos, con tiempo y con el apoyo de las personas que forman parte de nuestra vida. Sin embargo, hay momentos en los que aquello que nos ha ocurrido se vuelve difícil de organizar, sentimos que nuestras estrategias habituales ya no nos ayudan o comprobamos que llevamos demasiado tiempo intentando funcionar por encima de algo que sigue teniendo un gran impacto.

La terapia puede ofrecer un espacio para comprender qué está ocurriendo, qué función cumplen las maneras que hemos desarrollado para protegernos y qué otras formas de regulación, relación y cuidado podemos construir. No para conseguir que aquello que fue doloroso deje mágicamente de haberlo sido, sino para que podamos relacionarnos con nuestra experiencia de una manera más segura.

En Terapia Caban Online trabajamos desde una perspectiva informada en trauma, apego y regulación emocional. Puedes conocer a nuestro equipo y solicitar una primera cita a través de nuestra web.

Fuentes consultadas

Para garantizar la precisión y la fiabilidad de la información proporcionada, hemos reunido una lista de fuentes y referencias de confianza. Estas incluyen revistas revisadas por pares, libros de destacados psicólogos y artículos de organizaciones de salud mental reconocidas. Te animamos a explorar estos recursos para enriquecer tu comprensión y continuar con tu camino hacia el bienestar mental.
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